Por ellos, por nosotros, por el futuro de la Patria

 

Es el 14 de junio una de esas fechas en que, a pesar de la distancia temporal y geográfica que separó a ambos alumbramientos, la humanidad fue igualmente privilegiada cuando la estrella de la vida iluminó a Antonio Maceo Grajales y a Ernesto Guevara de la Serna

 
 5 de Septiembre

Este 14 de junio convida a la reflexión sobre todo aquello que estaría en juego si nos permitiésemos ceder. Foto: 5 de septiembre

Abriga la historia excepcionales coincidencias, hechos que –aun siendo fruto de la casualidad– son admirables y hacen que en el calendario brillen ciertos días, para que a los pueblos les sea imposible olvidar, para que aquilaten el tesoro que abriga la espiral del tiempo.

Es el 14 de junio una de esas fechas en que, a pesar de la distancia temporal y geográfica que separó a ambos alumbramientos, la humanidad fue igualmente privilegiada cuando la estrella de la vida iluminó a Antonio Maceo Grajales y a Ernesto Guevara de la Serna.

Uno cubano por nacimiento, el otro por convicción y amor infinito a esta Isla, pero ambos ejemplos intachables del compromiso que proveen los más sólidos ideales, del respeto que se gana poniendo primero el propio pecho ante las balas, de la dignidad que no se negocia ni bajo la inminente amenaza de la muerte.

Cada año en esta fecha el pueblo de Cuba les devuelve el honor que merecen, aunque esta vez, más que homenajearlos, más que recordar su impronta, los llamamos a combatir a nuestro lado, les pedimos que sus ideales sean nuestro estandarte de lucha, porque el enemigo de nuestras tierras ataca otra vez con inmorales zarpazos, demostrando que no podemos confiar ni un «tantito» en él, y recordándonos que contra nuestra Patria, ¡no nos entendemos!
 

***

Cada hombre es hijo de su tiempo. ¿Quién puede negar que aquellos que se entregan por entero a causas nobles y justas comparten necesariamente valores que son universales y no de índole personal? Si hiciéramos de ellos una descripción a priori, de seguro tendríamos que repetir en ambos casos heroísmo, voluntad, sentido del deber y otras tantas cualidades que ratifican la excepcionalidad de sus figuras, pero en letras mayúsculas y sin temor a equívocos, habría que escribir: intransigencia.

Creo sinceramente que si un legado dejaron Maceo y el Che para las generaciones que les sucedieron, es que un revolucionario jamás puede supeditar los objetivos de su lucha, los principios que lo animan y las verdades que sabe irrefutables, a los deseos de quienes no persiguen como él la verdadera justicia social.

Quizá sea la Protesta de Baraguá el momento insigne que demuestra la madurez de esa intransigencia en Maceo. Su negativa ferviente a un pacto sin independencia reavivó la llama de la lucha, pero siempre hubo mucho de ese sentimiento latente en su propio ideario.

«La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide; mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos», decía el Titán.

«Protestaré con todas mis fuerzas y rechazaré indignado todo acto ilegal que pudiere intentarse vulnerando los sagrados fueros y derechos del pueblo cubano». ¿No son acaso sus palabras la más ferviente muestra de que el jefe mambí no estaba dispuesto a negociar con los destinos de la Patria? Sobran las respuestas.

Y sobrarán del mismo modo si hacemos esa pregunta ante el ideario de quien fuera no solo el Guerrillero Heroico, sino descarnado crítico de la doble moral imperialista, del capitalismo como sistema que denigra al ser humano.

«Nuestros ojos libres se abren hoy a nuevos horizontes y son capaces de ver lo que ayer nuestra condición de esclavos coloniales nos impedía observar; que la “civilización occidental’’ esconde bajo su vistosa fachada un cuadro de hienas y chacales», aseveraba el Che, para quien estaba claro también que «debe respetarse la integridad territorial de las naciones y debe detenerse el brazo armado del imperialismo…».

Ambos entendieron claramente que confiar en los enemigos era ponerles a la revolución en bandeja, y así lo declaraba Maceo en carta fechada el 13 de junio de 1884 desde la ciudad hondureña de San Pedro Sula, y dirigida al patriota cubano José Dolores Poyo, director del periódico independentista El Yara, de Cayo Hueso, en Estados Unidos:

«Acá en mi retiro, y cuando preparaba unir mis pequeños esfuerzos a los de Uds., llega a mi noticia la nueva trama que pretenden pegarnos los españoles fingiendo arreglos importantes para los cubanos, en que aparece la intervención de extrañas naciones. ¿Habrá ilusos como los del Zanjón que les crean?

No es posible, aquel golpe enseñó a los ignorantes y no creo que de buena fe se entreguen a sus enemigos. El ejemplo más vehemente que tienen los crédulos es el procedimiento infame que sufren en las prisiones españolas, los que acreditaron sus promesas, quedándose en el país».

También sabía Ernesto Guevara lo que esperaba a nuestros pueblos en manos del imperio:

«...solamente hay un enemigo común que reúne todas las enemistades que puedan caer sobre nuestro pueblo: es el que significa asesinato, represión política, opresión económica, distorsión de nuestra economía, y ese enemigo es el imperialismo».

Quienes en un contexto como el que vivimos hoy no sean capaces de apropiarse de tales verdades, no tengan la visión de asumir que un revolucionario debe vivir siempre preparado para enfrentar las más complejas circunstancias, serán entonces como los ilusos del Zanjón que describía Maceo, y se verán envueltos en el mar de miserias que provee el imperio como justamente alertaba el Guerrillero Heroico.

Y si a alguien le quedara aún alguna duda, si a alguien la necedad le bloqueara todavía sus sentidos, sepa que también desconfiaba el mambí de las relaciones de España con Estados Unidos, como deja claro en la mencionada carta:

«Conviene no apurar la protección americana, antes bien tenerla de nuestra parte. Me parece que con alguna discreción se conservaría neutral en nuestros asuntos, si no indiferente como hasta ahora, pues creo verla salvando las apariencias españolas. Las naciones tienen entre sí principios internacionales que respetar, y que les obligan a ser indiferentes contra su propia voluntad; pero hay algo más entre ellos».

Al Che, por su parte, la historia le dio la plena convicción de lo que buscaba el vecino del norte, de su estrategia en relación con el continente.

«Los Estados Unidos sí intervienen; lo han hecho históricamente en América. Cuba conoce desde fines del siglo pasado esta verdad, pero la conocen también Colombia, Venezuela, Nicaragua y la América Central en general, México, Haití, Santo Domingo».
 

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Ciertamente, hay que reconocer que al Titán de Bronce y al Guerrillero Heroico los unen mucho más que la fecha de nacimiento, y no se trata esta reflexión de una búsqueda forzada de coincidencias morales e ideológicas, sino de comprender que la sabiduría de los próceres de nuestra historia, que su experiencia, aunque en instantes temporales diferentes, se basa en el entendimiento pleno de la realidad circundante; en el reconocimiento sin paños tibios de los peligros que en cada época han amenazado a la Patria, porque solo conociéndolos a fondo seremos capaces de enfrentarlos con éxito.

No es este un 14 de junio cualquiera, es uno que convida a la reflexión, a hacer una pausa en el camino para tener justa medida de todo aquello que estaría en juego si nos permitiésemos ceder.

Aunque la Revolución triunfó hace ya 60 años, nunca hemos dejado de librar batallas, cada día en Revolución es en sí mismo una batalla; pero una que vale la pena porque, como expresara el noble hijo de Mariana, «nuestras aspiraciones son amplias, y en ellas caben todos los hombres, cualquiera que sea su modo de pensar y el juicio que formen de las cosas» y «muévenos sobre todo el triunfo del derecho de todas las generaciones que se sucedan en el escenario de nuestra Cuba».

No nos rendimos ni lo haremos jamás, porque a decir del Che: «No hay fronteras en esta lucha a muerte, no podemos permanecer indiferentes frente a lo que ocurre en cualquier parte del mundo; una victoria de cualquier país sobre el imperialismo es una victoria nuestra, así como la derrota de una nación cualquiera es una derrota para todos. El ejercicio del internacionalismo proletario es no solo un deber de los pueblos que luchan por asegurar un futuro mejor, además, es una necesidad insoslayable».

Por ellos, por su legado, por nosotros, por el futuro de la Patria de la que hoy vivimos orgullosos, no cedamos nunca ese «tantito» y entendámonos solo con quienes nos respeten como iguales y no impongan jamás condiciones denigrantes en ese diálogo.

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