Los más de 26 000 testimonios de una obra de amor

Luego de la catástrofe atómica de la central nuclear de Chernóbil, muchas de las más hermosas páginas, las más humanas, se escribieron entre los pueblos de Cuba, Ucrania, Rusia y Bielorrusia.
El 26 de abril de 1986, un error humano condujo a la catástrofe atómica de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania.
Desde entonces, muchas historias se han contado sobre los acontecimientos, historias de vida y heroísmo, de sufrimiento y dolor, de análisis y crítica de los hechos, de recordación a las víctimas, pero muchas de las más hermosas páginas, las más humanas, se escribieron entre los pueblos de Cuba, Ucrania, Rusia y Bielorrusia.
El 29 de marzo de 1990, al aeropuerto internacional José Martí, de La Habana, llegaba el vuelo que traía a la Mayor de las Antillas el primer grupo de niños afectados por el accidente nuclear, 139 menores portadores de diferentes enfermedades onco-hematológicas. Al pie de la escalerilla, por la que descendieron los niños de Chernóbil, estaba Fidel.
Se puso en auxilio de los enfermos lo más avanzado de la ciencia médica; doctores, sicólogos, enfermeras, asistentes, maestros, instructores deportivos... se entregaron por entero al cuidado de los infantes.
Tarará, a 20 kilómetros al este de la capital, una villa cercana a la playa que fue antes del 59 lugar de veraneo y residencia para la clase media, quedó en la historia como un símbolo de solidaridad, como ejemplo de los valores que el socialismo desarrolla en los seres humanos.
La villa llegó a albergar a miles de pacientes y acompañantes. Toda la atención que recibieron fue gratis, tanto la alimentación, como el transporte, la logística de salud, los medicamentos, etc.
Cientos de vidas se salvaron, miles de personas encontraron en suelo cubano alivio a su dolor, a su pesar. «El renacimiento de un hijo es algo extraordinario, eso ha sucedido gracias a Cuba», conversaba con Granma una madre ucraniana, Svieta Saulasky, 20 años después del accidente. «Ningún país nos ha ayudado como Cuba», afirmaba en igual fecha, la doctora ucraniana Elena Topka en el campamento de Tarará.
«Recibirán la mejor atención médica con los mejores especialistas, los mejores medicamentos que existen en el mundo actualmente y, sobre todo, lo más importante: la voluntad de nuestro personal médico y de nuestro pueblo de ayudarlos», dijo Fidel durante el recibimiento al primer grupo de niños; esa promesa, se puede decir con orgullo, se ha cumplido y se sigue cumpliendo. Entre 1990 y 2016 más de 26 000 personas, en especial niños, fueron atendidos en Cuba.
Hace unos días se anunció el regreso de dicho programa solidario: 50 niñas y niños de Ucrania viajarán a Cuba este año. El primer grupo
recibirá atención especializada para enfermedades de la piel y cáncer, mientras a final de año podría hacerlo un segundo grupo que presenta dolencias como parálisis cerebral, entre otros padecimientos.
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