La presencia

Deslumbra Guevara porque estremece y, sobre todo, reta en su capacidad de derribar los acomodaticios sentidos comunes. Nada pidió que no fuese capaz de hacer e hiciera. Así derrota al tiempo y alerta a los confiados, así renace hasta la victoria, siempre.
Hay muertes que no son verdad. Hay quien sale de ese vacío para siempre, más vivo. Basta mirar la última foto del Che, aquella del cuerpo a la vez yerto y vibrante, para confirmar en sus ojos el misterio de una esencia entre nosotros.

«Es un rostro sereno, grave y hermoso, enmarcado en la abundante cabellera y barba con que solían representarse profetas y santos, el de aquel héroe de América, del mundo, que yace allí. Parece que les quema, aun muerto, esa presencia deslumbrante», describió la escena quien admiró a Guevara con lucidez de poeta y revolucionario, Roberto Fernández Retamar.

Sus palabras registran la resurrección del guerrillero, impensable para los asesinos; matándolo impulsaron una leyenda con raíces tan reales que aún hoy le temen:

«Aquel héroe lograría sacudir la Tierra. Hasta los enemigos se inclinaron ante tanta grandeza. Hasta los duros de corazón y los entibiecidos sintieron que les quedaban lágrimas en el alma. Si algunos no han podido, ni siquiera entonces, ver y comprender, es que ya no podrán nunca ver ni comprender. Se han convertido ellos mismos en estatuas de sal, y la historia implacable los desmorona como al polvo».

Así anda, con la adarga al brazo, el Che, Guevara, San Ernesto de la Higuera…, desmoronando poses en la sobrevida. Al juicio de su pensamiento afilado, de valoraciones sobrias y rotundas, no logran escapar conformistas ni simuladores. La utopía que sirve para seguir caminando se hace peligrosamente cercana si él la impulsa.

El Che desconcierta a los sirvientes del dinero, que a pesar de tantos intentos no logran edulcorar su nombre ni convertirlo en una simple metáfora de la rebeldía juvenil que la edad cura, en un souvenir lavado de implicaciones comunistas.

Haydée Santamaría, convencida de que «una bala no puede terminar el infinito», explicó como pocos ese fenómeno de eternidad que no palidece, en una carta al amigo muerto y presente:

«Este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo, todos veríamos así que ese hombre nuevo es una realidad, porque existe, eres tú».

Deslumbra Guevara porque estremece y, sobre todo, reta en su capacidad de derribar los acomodaticios sentidos comunes. Nada pidió que no fuese capaz de hacer e hiciera. Así derrota al tiempo y alerta a los confiados, así renace hasta la victoria, siempre.
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