La muerte heroica de José Martí en Dos Ríos

Pedro Pablo Rodríguez
 
La acción de Dos Ríos es probablemente uno de los hechos de armas más conocidos de las guerras cubanas por la independencia. A pesar de que entre los cientos y probablemente más de mil enfrentamientos ocurridos durante aquellas gestas, este no figura entre los encuentros de mayor envergadura operacional, ni de alto número de bajas por ambas partes, ni de más duración, es la muerte de José Martí en aquel lugar lo que le ha conferido relevancia particular.
 
Precisamente por ello, la historiografía militar cubana contemporánea tiende a calificarlo como una victoria de las armas colonialistas, las que entonces le atribuyeron ese carácter triunfal dada la magnitud política que significaba la caída del principal organizador del movimiento patriótico y de la nueva guerra. El propio jefe de la columna española, el entonces coronel José Ximénez de Sandoval valoró tal alcance en cuanto supo quién era el insurrecto abatido y procedió a retirarse para comunicarlo a sus superiores, cargando con los despojos mortales de Martí.
 
Las autoridades supremas del mando español tuvieron similar criterio al conocer del hecho y ordenaron conducir el cadáver hasta Santiago de Cuba para su plena identificación. Había que corroborar quién era el caído y explotar el desánimo y la tristeza que se esperaba levantaría el suceso entre las tropas mambisas y los clubes del Partido Revolucionario Cubano. Por eso, comprobado que efectivamente se trataba del Maestro, con lenguaje de victoria se informó desde La Habana al gobierno en Madrid, y con similar perspectiva fue informada la noticia tanto por la prensa de la Península como por la de la Isla.
 
Las emigraciones cubanas, por su parte, demoraron casi un mes en admitir la triste verdad, aunque el gobierno y los jefes del Ejército Libertador lo supieron desde antes por el propio parte del General en Jefe, Máximo Gómez.
 
Las imprecisiones y la lentitud informativas contribuyeron, desde luego, a sostener el deseo de que todo fuese una falsedad de los colonialistas, otra más, a fin de debilitar la moral combativa, patriótica, del pueblo cubano. La confirmación plena de la muerte de Martí dio lugar a numerosas expresiones de dolor y de duelo espontáneo, de las cuales son más conocidas las de los emigrados, que obviamente no estuvieron sometidas a la censura de prensa ni a la represión como podía suceder si los patriotas se manifestaban públicamente dentro de Cuba. Con relativa frecuencia se entendió que fue inconveniente su marcha a los campos de la patria.
 
La intelectualidad hispanoamericana se pronunció en muchos casos acerca de la desaparición del escritor cubano al que leyó durante años en numerosos periódicos, amigo personal de muchos. Predominaron las lamentaciones y los juicios críticos por haberse incorporado a la campaña armada, lo cual demostraba la escasa comprensión de la talla moral, la responsabilidad de Martí como dirigente político y de sus extraordinarias capacidades de liderazgo.
Ya en el siglo XX y hasta el presente se continúan repitiendo argumentos bajo esas líneas de pensamiento, a las cuales se sumó la descabellada idea del suicidio. Todavía hoy encontramos quienes repiten que Martí no era un combatiente, que no sabía montar a caballo ni disparar, que no tenía experiencia militar, y que, por tanto, no tenía que estar en Dos Ríos, en la guerra, aquel fatídico 19 de mayo de 1895.
 
Solo el desconocimiento permite argüir semejantes criterios. En el primer documento de su puño y letra conservado, en la carta a su madre desde Hanábana, del 23 de octubre de 1862, aquel niño de nueve años de edad escribe que estaba enseñando a su caballo “a caminar enfrenado para que marche bonito”. ¿Cómo afirmar entonces que de adulto no sabía cabalgar?
 
¿No sabía disparar y hay testimonios acerca de sus prácticas de tiro en la Florida? ¿Por qué entonces cae de su caballo empuñando un revólver?
 
Es cierto que no tenía experiencia militar práctica frente al fuego enemigo, pero había estudiado al detalle las campañas de Bolívar, el cruce de los Andes y la contienda en Chile ejecutados por San Martín, al igual que la Guerra de Secesión de Estados Unidos y sus combates más notables, como puede apreciarse en su texto a la muerte del general Ulysses Grant, el jefe de las tropas de la Unión frente a los Confederados. Sí sabía de guerras y se pasó su vida, hasta que anduvo por las serranías orientales en 1895, compilando y contrastando informaciones y testimonios sobre la Guerra de los Diez Años.
 
¿Era una impedimenta no haber acumulado experiencias en la pelea antes? Pues ¿cómo se formaron los jefes, oficiales y soldados a partir del 10 de octubre si la aplastante mayoría de ellos no pasó por academia militar alguna? ¿Cómo se pudieron formar jefes tan brillantes como Ignacio Agramonte, Calixto García y Antonio Maceo?
 
Y, sobre todo, ¿es que entre el 11 de abril y el 19 de mayo no asimiló un acelerado conocimiento de la cultura bélica cubana y trazó varias de las líneas maestras que se debían seguir en el 95? Ahí están su Diario de campaña y sus numerosas e inteligentes circulares acerca de la política de la guerra.
 
¿Acaso su mente, siempre ágil y abierta, ante cada nueva situación o problema, no se adaptó a ese ambiente rural de la zona oriental, no aprendió oyendo y viendo actuar a Máximo Gómez durante esas semanas a su lado en la manigua? ¿No firmaron de conjunto varios documentos normativos importantes, en todos los cuales se aprecia indudablemente el estilo martiano? Es imposible que un político de su talento no prestara atención a lo que le faltaba por aprender al lado de aquellos viejos luchadores.
 
¿Cómo admitir entonces y darle validez a la recurrente opinión de que fue a buscar la muerte en Dos Ríos, que se suicidó, o decir siquiera que buscó la muerte?
 
El Delegado del Partido Revolucionario Cubano tenía que venir a la guerra de Cuba para impulsar las Bases de su programa revolucionario, debía organizar la dirección revolucionaria en la Isla insurrecta y ya en el campo de batalla debía ir al frente de las tropas, había de cuidar a los heridos y enfermos. ¿Por qué entonces tendría que ir a buscar la muerte?
 
¿Es posible inferir que tras el choque con Maceo La Mejorana se acobardó Martí o se vio desbordado por otros jefes? No hay indicio alguno ni palabras que permitan extraer semejante lectura. Tras el debate con Maceo el 5 de mayo de 1895, Martí escribe sin descanso para jefes y oficiales, envía preguntas y ofrece respuestas, insiste en ir hacia Camagüey a levantar el espíritu, a extender la guerra y, sobre todo, a organizar el gobierno mientras espera por Bartolomé Masó.
 
Por eso deja inconclusa la carta al mexicano Manuel Mercado iniciada el 18 de mayo en el momento en que le comunica sus ideas sobre el apoyo de México a la pelea por Cuba libre, y le aclara que si Mercado no halla cómo, él, Martí, sí sabría cómo hacerlo. ¿Cómo buscar a conciencia la muerte ante tareas de tamaña importancia que esperaban por él?
 
El entusiasmo de la inexperta fuerza de Manzanillo al mando de Masó movió al campamento mambí, electrizado por los primeros disparos, a salir en busca del enemigo. El orden era poco y el concierto inexistente. Gómez se dejó arrastrar por el entusiasmo, sin saber bien el número y la posición de la tropa española, y se jugó la vida cruzando el río crecido. Martí y todos también se la jugaron.
 
¿Podía aceptar Martí quedarse atrás, no disparar, no chocar con el enemigo, rehuir su primer combate, él, que a menudo se lamentó de no haber peleado antes? ¿Quedarse en el campamento mientras la tropa se batía? ¿Atrás el Delegado, que había convocado a la guerra? ¿Atrás el Mayor General recién nombrado en consejo de jefes días antes? ¿Atrás el hombre digno, patriota indoblegable? ¿El que debía dar el ejemplo a los viejos y a los nuevos mambises? ¿El que ya se había alistado en México, muy joven, en una expedición que nunca pudo salir a Cuba?
 
Hay que aplaudir y respetar su decisión, su consecuencia, su valentía. Por eso Martí es mi héroe, como lo es para la gran mayoría de los cubanos. Porque hasta su sangre entregó por Cuba y desde entonces es símbolo y síntesis de la nación, de la patria soberana e independiente.
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