La libertad, las redes sociales y la responsabilidad ética

La libertad es un derecho inalienable de cada ser humano, pero con ella viene, como un deber inexcusable, la responsabilidad ética de emplearla bien

 Lamento compartir esta dolorosa imagen que despertó la atención en las redes sociales. La cuestión a debate fue si esta foto pertenece o no al cadáver de Martí. El propio Martí nos enseña a dudar de todo, pero siempre con una duda razonable, nunca con ligereza.

Igualmente nos enseña que los estudios hechos no nos provocan más que una profunda vergüenza, porque lo primero que nos enseñan es cuánto nos falta todavía por conocer. De manera que bajo esas premisas martianas estoy claro de que en mí hay más dudas que certezas, y en lugar de envanecerme por lo que los demás suponen que yo sé, lo que hago es aterrarme por lo que yo mismo estoy consciente de que desconozco.

Sobre la foto en cuestión: lo que la historiografía cubana ha afirmado, a partir de fuentes oficiales españolas y testimonios personales de algunos participantes directos, es que el cadáver de Martí fue enterrado en cinco ocasiones hasta llegar al Mausoleo que ocupa hoy en el Cementerio de Santa Ifigenia, en la infatigable Santiago de Cuba.

El primer entierro ocurrió el 20 de mayo de 1895, al día siguiente de su muerte en el combate de Dos Ríos. Una vez reconocido su cadáver por los documentos que llevaba encima, fue enterrado sin ataúd, junto a un sargento español, en una fosa común del pequeño cementerio de Remanganagua, lugar relativamente cercano al sitio del combate.

Al emitirse la importante noticia, desde un telégrafo ubicado en el cuartel de Remanganaguas, a Santiago de Cuba, La Habana y Madrid, en ese orden, el capitán general de Cuba, Arsenio Martínez Campos, previa consulta con el Ministro de Ultramar, ordenaron la inmediata exhumación del cadáver y su exhibición pública para conocimiento general, dada la importancia política del dirigente caído.

El comandante general de las tropas españolas acantonadas en Santiago de Cuba, general de división Juan Salcedo y Mantilla de los Ríos, cursó órdenes inmediatas al coronel Ximénez de Sandoval para que se dirigiera, con parte de sus hombres, hacia territorio santiaguero. De igual manera envió rumbo a Remanganaguas al doctor en Medicina y Cirugía Pablo Aureliano de Valencia y Forns, habanero radicado en Santiago que además se desempeñaba en esa ciudad como práctico forense.

El 23 de mayo, el doctor Pablo Valencia hizo la autopsia para comprobar la identidad y lo embalsamó. Luego exhibieron el ataúd con los restos para dar mayor veracidad a sus informes militares y noticias en la prensa. Después su cadáver fue llevado a Santiago de Cuba y exhibido brevemente a un par de amigos el 27 de mayo, momento en que el fotógrafo Higinio Martínez tomó esta fotografía, que apareció en el bisemanario La Caricatura, el 9 de junio de 1895.

A ese momento corresponde esta foto, según todas las fuentes disponibles, tanto de los testigos presenciales testimoniantes, como la prensa española de la época, que celebró con bombos y platillos la muerte de aquel que supo convertir su palabra en fuerza material y juntó, para orgullo de Cuba y fatalidad de España, a los elementos dispersos de la guerra anterior para dar inicio al fin del dominio colonial español en América.

Más allá del debate sobre este tema, verán los lectores cómo en los últimos tiempos las redes sociales están provocando el raro acontecimiento de que la ciencia constituida, con todos sus métodos y sus rigores de investigación, está siendo emplazada a dar explicaciones que ya fueron ampliamente fundamentadas en su momento, cuando lo que toca en realidad es que quien pretenda establecer una nueva tesis en el campo histórico, se sirva ofrecer con ella los argumentos que la avalen o, por el contrario, que cada cual se informe de aquello que no conoce –que siempre en todos nosotros será infinitamente más que lo que creemos saber antes de lanzarse a especulaciones o afirmaciones infundadas que provocan una avalancha de interpretaciones que rara vez construyen.

La libertad es un derecho inalienable de cada ser humano, pero con ella viene, como un deber inexcusable, la responsabilidad ética de emplearla bien.

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