Esbozo de un Martí persona

Un 28 de enero nació el hombre que intentaron mancillar una vez más. Pero, como en ocasiones anteriores, no pudieron. Con sus agravios tan sólo exaltaron el patriotismo de los cubanos dignos: que somos muchos. Los mismos martianos para los que "Patria es humanidad".

Ciento sesenta y siete años nos separan de aquel llanto inicial, en la casa con el número cuarenta y dos de la calle Paula. Aquí, en esta capital. De seguro, besado desde el primer instante por su madre: doña Leonor Pérez Cabrera. Y querido a lo español por Don Mariano Martí, su padre militar. El primogénito de los Martí y Pérez. Un primogénito también en la lucha de los hombres por su libertad.

Tenía siete años cuando conoció en el colegio de San Anacleto a uno de sus amigos más entrañables: Fermín Valdés Domínguez. Cuánto valen los amigos cuando son sinceros, cuando son para siempre. La amistad real es más valiosa que el dinero. No ha pasado de moda más de un siglo y medio después.

Luego, con tan sólo nueve años, Martí escribe algo en Hanábana que lo proyecta a una edad superior de sus ideas: "¿Quién que ha visto azotar a un negro no se considera para siempre su deudor?"

El que pueda sensibilizarse con las dimensiones de este pensamiento, entenderá que hoy en el mundo, en vísperas del cumpleaños 167 del maestro, existen millones de esclavos más allá de sus etnias. Y unos contados látigos, más allá del cuero.

Es de entender entonces que la deuda continúa.

José Julián fue el niño de doce años, que tras el asesinato de Abraham Lincoln: el abolicionista de la esclavitud estadounidense, decidió portar un brazalete negro, durante una semana, en señal de dolor. Dolor por el mártir y los amigos del norte. Su pueblo que es parecido en el presente; no así su gobierno.
Después, faltando sólo cinco días para su décimo sexto cumpleaños, aparece en el periódico titulado nada menos que: "La Patria Libre", su poema "Abdala". Su primera obra dramática donde expone el sentir por la Patria:

"¡Que me sigan espero los valientes
Nobles caudillos que el valor realza,
Y si insulta a los libres un tirano
Veremos en el campo de batalla!

Así decía nuestro héroe en aquel poema épico. Un llamado a la libertad de los valientes. Y de ser preciso luchar por ella. Todavía en el 2020 tenemos un tirano llamado Trump y varios campos de batalla indiscutible para Nubia y sus valientes. Es decir, para Cuba.

Martí tampoco tenía miedo en señalar a los apóstatas, ni plantar su cubanía contra los que insitaban a la deserción. Su letra tenía filo. Por eso, y por sus lazos con Fermín Valdés, y su amor por Cuba, anduvo preso y acusado de infidencia. El preso 113 realizó trabajos forzados en la sección "la Criolla", de las canteras de San Lázaro.

El peso de la cárcel debilitó su salud, y al mismo tiempo fortaleció su conciencia. Se sobrepuso al sufrimiento de Leonor, con su almohadilla en el tobillo, y la opresión de Mariano por el estado del hijo. Martí aguantó, no flaqueó, y le hizo ver a su madre que también pueden nacer entre las espinas flores. Él sabía que los empeños sagrados necesitan de sacrificios enormes. Como en esto días, donde el hecho de ser libres, independientes y soberanos, implica para los cubanos el aguantar con las piernas firmes, el corazón sereno y la mente preparada para los embates del gigante. Es el mismo David contra Goliat. Y nuestros pinos nuevos, que no son solamente los más jóvenes, como quizás confundan aún, deben "mantenerse" en fila, en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes, para que no pase el gigante de las siete leguas. Nótese que dijimos: mantenerse. Una estrategia vital si queremos lo que somos: ¡Nuestra identidad! Perderla sería como vivir sin memoria, o traicionar a Martí, o apuñalarnos entre nosotros mismos. Eso no puede suceder.

Tal vez no fue casualidad que enviaran a los del centenario y su generación adonde mismo estuvo el Apóstol de Cuba: Isla de Pinos. Tampoco que Fidel, como líder indiscutible del asalto al Moncada, reviviera su ejemplo al proclamarlo autor intelectual de aquellas acciones. Los sentimientos y las convicciones de Martí. Esas con los que fue educado a lo largo de su existencia, le impedían voltear el rostro ante la injusticia, alejarse de los problemas en la Patria amada, dedicarse a su propia vida.

Primaba en él ante todo, el deber de servir a los demás. Sabía que ahí está la dicha verdadera de existir. De ahí por ejemplo, su poema: "A mis hermanos muertos un 27 de noviembre, firmado sólo con sus iniciales. O tras el artículo ofensivo hacia los cubanos, aparecido en el "The Manufacturer", de la ciudad estadounidense de Filadelfia (Observen como la historia va marcando pautas), bajo el título: “¿Queremos a Cuba?“, Martí desenfunda su machete de ideas y emprende la carga con: "Vindicación de Cuba". Había que luchar en el terreno que nos plantearon.
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