El hombre que murió en Dos Ríos

Obra Dos Ríos, de Carlos Enríquez Foto: Carlos Enriquez

José Martí era un hombre menudo. Quedan para la historia las medidas que le tomara el sastre dominicano Ramón Antonio Balmonte en Santo Domingo, en marzo de 1895, para la confección de un traje. Se le calcula una estatura de cinco pies y medio (1,65 metros) y un peso aproximado de 140 libras.

Y, sin embargo, aquellos que lo sobrevivieron no dudaron en catalogarlo con los títulos más grandilocuentes. Desde el más conocido, Apóstol, hasta otras aseveraciones como la de Rubén Darío, quien lo llamara «el verdadero superhombre, grande y viril; poseído del secreto de su excelencia».

Martí puso todo su genio en función de sus ideales. A su amigo y albacea, Gonzalo de Quesada, le escribiría el 1ro. de abril de 1895: «De Cuba, ¿qué no habré escrito?: y ni una página me parece digna de ella: sólo lo que vamos a hacer me parece digno».

Se refería, por supuesto, a la Guerra Necesaria que organizó y que había iniciado el 24 de febrero de aquel año, y a la que esperaba con ansias sumarse.

Por aquella fecha, Martí se despedía de sus seres queridos, a sabiendas de que aquella aventura bélica podía resultar en su muerte. «Sé justo», le escribiría a su hijo. A María Mantilla le diría: «Mi anhelo es que vivan muy juntas, su madre y ustedes, y que pases por la vida pura y buena. Espérame, mientras sepas que yo viva».

En carta a su madre, escribe:

«Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Ud. con mimo y con orgullo». No podrá ser, por supuesto. Martí no verá nunca más a su familia. Lo más probable es que, mientras redactaba aquella carta, ya adivinara su suerte futura.

Sobre la decisión de nuestro Héroe Nacional de partir hacia la guerra, Armando Hart expresó: «No es que Martí marchara conscientemente hacia el suicidio, como algunos han podido pensar; ¡es que Martí quería combatir, creía que debía combatir, estaba obligado a combatir, y no era realmente un guerrero!».

Murió en combate el 19 de mayo de 1895. Sigue siendo la gran tragedia de la historia cubana. Los cubanos dejamos morir al hombre, y el cadáver del hombre dio a luz al Apóstol. Como bien diría Rubén Darío: «Cuba quizá tarde en cumplir contigo como debe». Y tardó.

Casi lo dejamos morir por segunda vez, en el año de su centenario; pero ese hombre menudo, incomprendido; ese genio maldito que fue héroe y fue poeta y fue político; ese hombre que dejamos morir en Dos Ríos se volvió inmortal y reencarnó en el valor y la inteligencia de un puñado de jóvenes que decidieron tomar el cielo por asalto. Y ahí estuvo, ahí está Martí, siempre, en toda pelea que se libre por Cuba.

Nos queda a nosotros no dejarlo morir nunca más.

Fuente:Granma.Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

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