Desarme nuclear: una cuenta pendiente

Pensemos por un instante. Era el 6 de agosto de 1945, sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, un avión bombardero estadounidense Boeing B-29, bautizado Enola Gay, deja caer la bomba atómica «Little Boy». El artefacto hizo estallar una carga de 15 000 toneladas de TNT, que devastó un rango de 13 kilómetros cuadrados. Al menos 70 000 personas murieron ese mismo día, cifra que fue aumentando hasta más de 105 000 fallecidos por causa de la exposición a la radiación que sufrieron los sobrevivientes.

Tres días después –el 9 de agosto– la «hazaña» norteamericana tuvo como presa la ciudad de Nagasaki. La segunda bomba nuclear «Fat Man», lanzada por el avión B-29 «Bockscar», dejó de manera instantánea 120 000 muertos. Antes de finalizar 1945, ya la cifra de fallecidos en ambas ciudades se elevaba a 246 000.

Fijémonos bien. En ambos casos fue Estados Unidos el fabricante de las bombas, de cuyas industrias salieron los aviones que las llevaron hasta la lejana nación asiática.

Fueron los causantes de la muerte de cientos de miles de seres humanos.

Y una observación que me parece definitoria. Se han cumplido 73 años de aquellos actos salvajes y todavía hoy no han sido castigados sus ejecutores; la humanidad no ha podido resolver el tema del desarme nuclear.

Abolir los arsenales nucleares sería el mayor regalo que las potencias con ese tipo de armas harían a la comunidad internacional y, en primer lugar, a los que deben dar continuidad a esa lucha incansable de la que se burlan los que amenazan con estallar nuevas ojivas sobre otros escenarios.      

Eso, más que todo, debe resultar una afrenta para cada ciudadano de este mundo –y ya somos más de 7 500 millones– que vive a expensas de lo que se le ocurra a un Donald Trump hoy, como lo fue entonces Harry Truman, con su lección de odio y muerte cuando ya la Segunda Guerra Mundial estaba finalizando.

La arrogancia imperial es tal, que no fue hasta el 27 de mayo del 2016 que un mandatario estadounidense, en este caso Barack Obama, visitó el Memorial de la Paz en Hiroshima, rindió homenaje a las víctimas y dijo: «Venimos a llorar a los muertos, incluidos más de cien mil hombres, mujeres y niños japoneses; miles de coreanos; una docena de estadounidenses presos. Sus almas nos hablan. Nos piden que miremos hacia adentro, para evaluar quiénes somos, y en qué nos podemos convertir».

Sin embargo, la realidad es demasiado grande para encontrarla en un «mirarnos hacia dentro», más cuando el país que usó esas armas, las sigue perfeccionando y buscando confrontaciones muy lejos de su propio territorio, en un verdadero desafío a la humanidad.

Durante las más de siete décadas de aquel genocidio nuclear, miles han sido los congresos, conferencias, reuniones de todo tipo que, ya sea en el marco de la ONU o en los más disímiles escenarios, han debatido sobre este tema, o más bien, sobre la necesidad imperiosa del desarme nuclear.

Fidel Castro, el visionario político de los siglos XX y XXI, advirtió muchas veces sobre el peligro nuclear. Recurrió a citas de Albert Einstein, como aquella de que: «El poder desencadenado del átomo lo ha cambiado todo excepto nuestras formas de pensar, y es por ello que avanzamos sin rumbo hacia una catástrofe sin precedentes». 

Y coincidió también el líder cubano con lo dicho por el legendario científico: «No sé qué armas se utilizarán en la Tercera Guerra Mundial, pero en la Cuarta Guerra Mundial usarán palos y piedras».

Sabemos lo que quiso expresar, y tenía toda la razón, solo que no existirían ya quienes manejen los palos y las piedras, agregó Fidel el 15 de octubre del 2010.

En esa ocasión concluyó: «¡Tengamos el valor de proclamar que todas las armas nucleares o convencionales, todo lo que sirva para hacer guerra, deben desaparecer!».

Volvamos al principio de este comentario. Pensemos un instante. Reflexionemos y nos daremos cuenta de que todo lo que hagamos para advertir al mundo sobre el peligro nuclear sería poco cuando todavía hoy, a 73 años de Hiroshima y Nagasaki, hay potencias nucleares como Estados Unidos o como su aliado Israel, encaprichados en resolver por esa vía lo que la humanidad aplaudiría de ser logrado a través del diálogo y la paz.

Un «invierno nuclear» sería el apocalipsis. Se acabarían entonces los reclamos por un desarme nuclear, porque no existirían seres humanos para exigir poner fin a esa cuenta pendiente.

En contexto:

44,4 segundos tardó Little Boy en hacer explosión desde que salió de la panza del B-29 Enola Gay. En 30 minutos, el hongo radiactivo sobre Hiroshima empezaba a deshacerse.

Sus efectos secundarios persisten 73 años después.

Los que eran niños en 1945, presentaron los mayores índices de leucemia de todos los supervivientes de las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

El aumento de la incidencia de los distintos tipos de cáncer sólido (sarcomas, carcinomas y linfomas, por ejemplo), se detectó a los diez años.

Aún hoy, muchos hibakusha (los bombardeados, en japonés) no se han recuperado de la pérdida, no solo de su familia o amigos, sino de toda su comunidad, en apenas unos segundos.

Una sola arma termonuclear puede tener una capacidad destructora un millón de veces superior a la mayor arma convencional.

Una bomba de 20 megatones no dejaría en un radio de 20 kilómetros más que escombros, solo se salvarían las cimentaciones y construcciones enterradas.
 
Cuba frente a las armas nucleares:

El Tratado de Prohibición de las Armas Nucleares fue suscrito por el ministro cubano de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez, el 20 de septiembre del 2017, junto a representantes de otros 41 Estados.

Hasta ese momento, Cuba había sido el quinto país en ratificar el convenio. Sin embargo, solo podía entrar en vigor una vez que 50 naciones hubiesen completado sus procesos nacionales de ratificación.

En febrero del 2018, la representante permanente cubana ante la ONU, Anayansi Rodríguez, depositó el Instrumento de Ratificación de ese tratado en una ceremonia oficial. Cuba se ponía a la vanguardia en el rechazo a esas tecnologías bélicas, cuyo uso podría conllevar al fin de la especie humana.

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