Cuando la pizarra sale de la escuela

Si alguien se detiene a meditar sobre sus historias sentirá, seguramente, un relámpago de emoción; o le brotará el asombro de manera espontánea.

Varios de ellos han dedicado buena parte del almanaque a viajar hasta la mismísima cama hospitalaria de sus alumnos a impartirles lecciones sazonadas con ternura; otros han tenido que «levantar» aulas en las casas de sus discípulos para que aprendieran a escribir bandera, luz o esperanza.

Carlos Ondarza Gómez, con 44 años de experiencia docente, está entre esos que alumbran el rostro de niños con una vida de larguísimos ingresos. Él, por ejemplo, es uno de los pocos autorizados a entrar al pequeño cuarto aséptico del hospital pediátrico José Martí, de Sancti Spíritus, en el que permanece ingresada, desde su nacimiento, Yésika Mora Hernández, una adolescente de 13 primaveras.

La muchacha, que lo espera cada martes y sábado para recibir «nuevos contenidos», está registrada como la paciente de más larga sobrevivencia en Cuba con la enfermedad de Werdnig-Hoffman tipo I, trastorno hereditario de las neuronas motoras espinales, causante de atrofia y debilidad muscular, padecimientos que la obligan a estar inmóvil sobre la cama y aferrada a un equipo de ventilación mecánica.

«Tuve que aprender a leer sus ojos. Hoy nos entendemos sin que nadie medie. Las clases son una constante interrelación. Supe quererla desde el principio porque ella es muy especial», comenta estremecido este singular profesor de seis décadas de existencia, quien reside en Jatibonico, a más de 40 kilómetros de la cabecera provincial.

«Otros profesores pasaron por aquí cuando ella matriculó en la enseñanza secundaria, pero no pudieron mantenerse. El método que utilizamos es el auditivo y visual ya que ella no puede escribir ni hablar. Cada clase es un desafío», agrega este educador que alterna estas clases únicas con las de la secundaria básica Juan Manuel Feijoó Quesada, de Jatibonico.

Un relato que de algún modo se conecta con el de Carlos y Yésika late en el hospital pediátrico universitario de Cienfuegos, Paquito González Cueto, donde Cristófer Jiménez Rodríguez, de seis abriles, paciente con el Síndrome DRESS (siglas del inglés Drug Rash with Eosinophilia and Systemic Symptoms), estuvo un año ingresado recibiendo clases de una maestra que lo mimó al extremo: Mercedes Monzón Cabrera.

La enfermedad del pequeño, poco frecuente, una reacción adversa grave a medicamentos anticonvulsionantes que provoca daño de órganos internos, no fue muralla para que llegara a colocarse orondo la pañoleta de primer grado.

«Aquí hicimos su iniciación como pionero y celebramos el 4 de Abril, para que ni siquiera las actividades extracurriculares quedaran fuera, porque esta fue la primera escuela que él conoció», recuerda Mercedes, quien lleva tres lustros como educadora hospitalaria, después de haber estado 25 años en aulas convencionales.

No menos impactante es la hermosa novela que han tejido, en la ciudad de Bayamo, la maestra ambulatoria América Lazo Gallardo y su alumna Rosalía Sargent de la Rosa, quien padece del Síndrome de Arnold-Chiari, una malformación congénita muy rara del sistema nervioso central.

Desde que América visitó por primera vez la casa de Rosalía, hace seis años, para iniciarla en el prescolar, quedó impactada con la historia de la niña, quien fue operada en la cabeza a las 72 horas de nacida por sobresalientes neurocirujanos de Holguín. Quince días después tuvo que ser llevada otra vez al quirófano en esa ciudad para otra peligrosa «corrección», que terminó exitosamente.

Al final, necesitó otras dos operaciones —estas dos últimas en las caderas— en los ocho primeros meses de su vida. Hoy, en una silla de ruedas, con un intelecto normal para sus diez años, recibe de lunes a jueves, en su hogar del reparto Jesús Menéndez, a su maestra, quien es como otra integrante de la familia.

«Tengo 67 años y en mis más de cuatro décadas como educadora esto ha sido de lo más impactante y hermoso. Rosalía es una alumna inteligente, que me ha estremecido a menudo; un día llegó a decirme que quería pararse para medirse conmigo para ver si ya estaba de mi tamaño, y eso me oprimió demasiado el pecho», dice con las lágrimas a punto de salir.

«Vengo a impartirle las clases de quinto grado a su casa, pero otras materias, como Computación, las aprende en la escuela Coco Peredo. La familia la lleva a las acampadas, a todas las actividades extradocentes y eso la ha ayudado mucho en su inserción social», añade.

Esta enamorada eterna del magisterio no solo vence varias cuadras cada mañana para enseñar a Rosalía; también camina todas las tardes para ir a la vivienda de Milagro Amanda González Espinosa, una niña de 12 años con encefalopatía hipóxico isquémica posoperatoria, que la dejó con secuelas en la locomoción y el aprendizaje.

Algo parecido podría escribirse de Alberto Pravia González, un holguinero que a sus 71 años es capaz de pedalear bajo el sol implacable para ir a las moradas de sus tres alumnos. «Todos oyen, pero dos no hablan, a ellos les hago terapia ocupacional. Hay uno que está en séptimo grado y se le imparte Matemática, Español e Historia; tiene 12 años. Los otros son una niña de cinco años y un varón de siete.

«Los tres, por supuesto, requieren tratamientos diferenciados. La discapacidad intelectual que presentan conlleva que si uno los evalúa permanecerían en el mismo grado escolar, pero por su adaptación curricular, se les mide, en la Enseñanza Especial, por edades hasta noveno grado, según van venciendo la referida adaptación», explica.

Una Muñeca y Otras Magias

Enseñar a estos niños implica sensibilidad, pero también ingenio, magia. A Yésika, por ejemplo, le llevaron al hospital donde ha vivido toda la vida a Lola, una muñeca de trapo, a la que también visten de uniforme y que ha sido su compañera de aula desde prescolar.

«Compartimos los tres muy bien porque Yesi me ayuda a controlar a Lola, la única indisciplinada de esta clase. Ya hice mi compromiso: estaré aquí hasta que la graduemos de noveno grado», expone Oscar Ondarza.

La idea de ese juguete fue de María del Carmen Caballero García, la maestra de Yésika en la enseñanza primaria, y quien, ejemplarmente, educa a tiempo completo en el aula del hospital pediátrico espirituano desde el año 2002.

Otra clave para educar a estos niños es la preparación, como reafirma Oscar, quien imparte las asignaturas de Español-Literatura, Matemática, Historia, Educación Cívica, Biología y Geografía.

«A veces mis otros alumnos se ponen celosos porque cuando llego les cuento cómo fue la clase en el pediátrico. Ellos ya me preguntan por la salud de Yésika y cuánto aprendió, sobre todo en Matemática, que es su asignatura preferida. Incluso, saben que si me atraso cinco minutos, me tienen que esperar porque a veces “la botella” se pone compleja», señala con humildad proverbial.

Él, como el resto de los maestros de esta historia, reafirma la importancia de lograr el mejor ambiente en estos complejos escenarios de hospitales o casas-escuelas.

«Intento que todo se parezca lo más posible a la  escuela, con un mural, medios de enseñanza, libros», apunta Mercedes Monzón sin quejarse de la estrechez del aula: un antiguo baño del pediátrico cienfueguero donde cohabitan la computadora, una mesa, el televisor y todo lo que asemeje un espacio docente digno».

Por su parte, América Lazo, otra detallista con los medios de enseñanza, habla mucho de la paciencia, de sentir el dolor ajeno y de pensar en grandes metas, aunque parezcan imposibles.

«En esta labor se pone a prueba la voluntad. No puedes deprimirte, tienes que sacar, en un momento determinado, un extra. Cada niño suele ser muy diferente al otro. Debemos de estar al tanto del tratamiento que llevan, comunicarnos con sus familiares, profundizar en conocimientos médicos, sicopedagógicos, docentes…», remarca Alberto Pravia.

Para él, haber tenido que aprender el lenguaje de señas, porque su hijo menor, Maikel, quedó sordomudo por una meningoencefalitis bacteriana, significó una «base sentimental» y de conocimientos para poder hoy encarar su hermosa misión.

Crecimiento

Deilis de la Rosa, madre de la bayamesa Rosalía, mira a América, la maestra, y suelta una confesión: «Yo dejé de trabajar para atender a mi niña porque un hijo es lo más grande; pero he tenido la suerte de encontrarme con una educadora excelente, que ha hecho crecer a mi hija mentalmente. Eso solo se puede hacer con amor».

Estas palabras se enlazan con las de muchos familiares que a lo largo de toda Cuba viven escenas similares a las de estos relatos.

«Me ha tocado ir mucho al hospital Julito Díaz, de la capital cubana, y a otros centros asistenciales. Cuando se experimenta de cerca qué es una enfermedad o una discapacidad de un niño, se comprende mejor la vida, el trabajo de los médicos, la consagración de estos maestros», manifiesta sobrecogida Deilis.

Sin ellos, definitivamente, sería imposible derrotar presagios pesimistas, enjugar las lágrimas, andar caminos, elevar el alma.

Cristofer cursó el primer grado con Mercedes en el Hospital Pediátrico de Cienfuegos.

La iniciación como pionero moncadistano pasó inadvertida para Cristofer

La modalidad educativa hospitalaria funciona con el rigor de la enseñanza convencional. Fotos : Osviel Castro Medel

Tomado de Juventud Rebelde

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