Convertirse en madre en tiempos de Covid-19

COVID

Por Susana Alfonso Tamayo*. Doha (Prensa Latina) Cuando el test de embarazo dio positivo, supe que había mucho por hacer en los siguientes nueve meses: definir hospital y doctor, comenzar una dieta más sana, comprar lo necesario para la llegada del bebé, elegir nombres… en fin, una larga lista que nunca contempló la remota posibilidad de una pandemia. El 29 de febrero reportaba, como corresponsal de Prensa Latina en esta capital, el anuncio del Ministro de Salud Pública del primer caso (importado) del nuevo coronavirus en el país, y tan solo 10 días después la cifra de infestados había ascendido a 262.

Cursaba el tercer trimestre de lo que había sido un embarazo sin riesgos, óptimo podría decir. Justo había decidido dejar de acudir a eventos y trabajar desde casa, dedicada a los preparativos finales, tarea interrumpida por las medidas que el gobierno tomó de inmediato para evitar la propagación del virus, entre ellas el cierre de espacios de confluencia de público como las tiendas, exceptuando las de alimentos y farmacias.

No obstante, como la mayoría, mi esposo y yo conservábamos la esperanza de que la pesadilla terminara pronto; antes de la llegada del bebé volveremos a la normalidad y compraremos las cosas restantes, creíamos. En breve comprobaríamos cuán lejos estábamos de la realidad.

Para la consulta de la semana 32, el nuevo coronavirus ya había pasado de ser tema de conversación a preocupación de todos, y el ascendente número de casos (más de mil en cuestión de un mes) había barrido chistes e hipótesis optimistas. No olvido la sensación de estar dentro del set de alguna película de fin de mundo al llegar al Hospital Cubano: infinidad de espacios de parqueo vacíos al igual que los pasillos, todo el que pasaba llevaba máscara y guantes. Solía disfrutar de esas visitas por sentir un poco el calor de mi gente, los abrazos y besos, las risas, el hablar mi propio idioma –en todos los sentidos-; sin embargo, esta vez me tocaba conformarme con saludos distantes y advertencias sobre nuestra salud.

Esa fue la última vez que visité mi pedacito de Cuba en Qatar, poco tiempo después me llegó la noticia de que había sido asignado como hospital para pacientes de Covid-19 ante el desolador aumento de éstos, cifras que día a día mi esposo ojeaba con inquietud ascendente.

Los pacientes habituales se trasladarían a instituciones públicas que aún no se destinaban al tratamiento del virus, las cuales seguían la estricta disposición de recibir solo casos graves, embarazadas y seguimiento reglamentario de bebés recién nacidos, fuera de ello los doctores operaban a través de consultas telefónicas.

Hasta hoy, el personal cubano de salud presente en esta nación atiende a pacientes de Covid-19, no solo en el hospital, también en instalaciones de campaña construidas con este fin. Trabajan las horas correspondientes y más, sin mermar la profesionalidad que bien les ha valido la alta estima de la cual son objeto. También hasta hoy muchos me preguntan, o veo en grupos en las redes sociales la interrogante de cuándo retomará su funcionamiento habitual el Hospital Cubano, porque al igual que yo numerosas personas, de todas las nacionalidades y culturas, prefieren viajar una hora en auto para ser atendidos por los antillanos y lamentan la imposibilidad de regresar por ahora.

He sabido que mientras haya coronavirus aquí, los sanitarios de la mayor de las Antillas estarán en la primera línea de enfrentamiento. Admiro su labor, casi anónima en el actual contexto; sin embargo, cuando recibí aquella noticia no había espacio en mí más que para el miedo. Tendría que cambiar de doctor y de hospital cuando faltaban solo semanas para dar a luz, con todas las diferencias de tradiciones que eso implica en un país del Golfo, además de la barrera del idioma. Sobre todo, nos aterraba la situación epidemiológica en el país, y lo que significaba para mi salud y la del bebé en camino.

Debido al fácil acceso para nosotros y una feliz experiencia anterior, nos decantamos por un hospital privado donde nos recibió un doctor italiano de años de práctica, experticia y una tremenda admiración por Cuba.

Lo primero que hizo fue agradecer y mostrar respeto por los cubanos que recién habían llegado a su país para combatir la Covid-19. Desde esa consulta y hasta la última siempre tuvo un elogio o una anécdota de su único viaje a la Isla en las que se refirió a un hospital que nada tenía que envidiarle a los europeos, a un taxista sapiente, a un singular café instalado en un patiecito, o al líder histórico del proyecto social cubano: Fidel Castro.

Lamentablemente para nosotros, la ecografía que me realizaron al admitirme mostró que estaba perdiendo líquido amniótico lo que afectaba el desarrollo del feto y, por ende, debía dar seguimiento diario en casa a la cantidad de movimientos y regresar cada semana al hospital. El médico contaba con lograr llegar a la semana 37 para evitar los problemas respiratorios de los prematuros; y así fue, justo cumplido ese período ingresé para iniciar el proceso de inducción.

Luego de tantas noches de desvelo y días de ansiedad, y más de 24 horas de espera en sala de parto para concluir en cesárea de urgencia, en la tarde del 19 de abril nació nuestra amada, quien ha iluminado desde entonces cada día con su sola presencia.

Todavía recordamos aquella etapa en que lloraba a diario, pasaba mi mano por la barriga y hablaba con mi pequeña, o cuando mi esposo decía que solo la guerra era peor, pues tuvo la vivencia de residir en Bosnia y Herzegovina cuando en 1992 inició el conflicto bélico estrechamente relacionado con la disolución de la antigua Yugoslavia.

Recordamos el desafío de enfrentar el cuidado de una recién nacida con poco peso, junto a la explosión hormonal del postparto, las labores del hogar luego de una cesárea y el teletrabajo de mi esposo, todo sin contar con ayuda o simples visitas para hacer más llevadero el estrés pues todo tipo de reunión social continuaba prohibida.

Pero también recordamos cierta señora que, sin conocerme, al ver mi estómago protuberante se detuvo para preguntar sobre mi embarazo, mi estado de ánimo y desearme suerte; y a la mujer que velaba en la puerta de la sala de parto con su sonrisa afable cada vez que pasaba en mis caminatas adoloridas.
Cómo olvidar las flores recibidas en el hospital, los mensajes de amigos y familia de aquí y allá, las bolsas con comida preparada por colegas de la prensa enviadas a casa, o la visita exclusiva de mí siempre afable ginecóloga cubana y una excelente neonatóloga cuando las dudas sobre mi recuperación y el progreso de la pequeña nos angustiaban.

Debo decirlo, lejos de lo que algunos piensan, este período de crisis no ha sacado lo peor de las personas, cada quien ha reflejado lo que siempre ha llevado dentro, y así lo he visto tanto en acciones personales como iniciativas colectivas destinadas a minimizar el impacto negativo de la pandemia, reconocer a quienes se mantuvieron en sus roles sociales cuando el resto permanecía en casa o a ayudar a los más afectados.

Nos tocó vivir circunstancias difíciles, no esperadas, sí, pero la Covid-19 no pudo arrebatarme la plenitud del primer contacto piel con piel con mi niña o el orgullo de verla crecer y aprender por día. En el momento en que la pusieron a mi lado mientras el equipo médico aún se encargaba de suturarme, supe que no habrá batalla que no gane por ella; me descubrí una mujer nueva, más fuerte que nunca. Creo que a todas las madres nos pasa.

La felicidad que entraña la llegada de una nueva vida supera los avatares de una pandemia. Se trata de un milagro, un regalo que nos toca valorar y cuidar, de ahí que convertirse o ser madre en tiempos de Covid-19 significa más que nunca responsabilidad, la obligación de proteger a nuestros pequeños tesoros ante un enemigo invisible. Hoy, Qatar avanza en la cuarta y última etapa de apertura, o regreso a la nueva normalidad como muchos le denominan; no obstante nosotros no bajamos la guardia. Aunque mi esposo ya trabaja en la oficina, mi bebé y yo permanecemos en casa, tenemos sólo pocas y cortas salidas en horarios que consideramos más seguros para que ella pueda interactuar con el exterior, y para su vacunación.
Son ya cuatro meses de no poder hacer juntas las cosas que soñaba mientras crecía en mi vientre, o de no involucrar a otros familiares y amigos en su desarrollo, pero cuando todo haya pasado podremos celebrar con la tranquilidad de haber hecho lo correcto. Entonces, las peripecias en tiempos de Covid-19 no serán más que anécdotas para contar y una escuela que nos hizo mejores.

*Corresponsal de Prensa Latina en Qatar.

 

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