Con gran amor, la novela póstuma de Alba de Céspedes

De Alessandra Riccio 

*Texto concedido por la autora para publicar en el marco de las Jornadas por la Cultura Cubana 2020.

La escritora Alba de Céspedes (Roma11 de marzo de 1911 - París14 de noviembre de 1997) fue hija de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada (embajador cubano en Roma y por pocos meses presidente de la República de Cuba) y su esposa, la italiana Laura Bertini. Su abuelo fue Carlos Manuel de Céspedes, quien fuera Padre de la Patria de Cuba y una de las grandes figuras en la Guerra de los Diez Años (1868-1878). También fue prima de Pedro Figueredo, el autor del himno nacional cubano

(Colegio de San Gerónimo, La Habana, 6.9.12)

Lo no acabado

El crítico Angelo Guglielmi, al reseñar Petrolio, la novela póstuma de Pier Paolo Pasolini, en 1992, escribía: “este continuo ir y venir entre realización y proyecto, entre novela y novela de la novela; [...] lo no acabado como consecuencia de un desarrollo narrativo que no puede tener solución –es decir que, aceptando una solución cualquiera se empobrece y vacía- pues un no acabado que se hubiera quedado así, incluso si Pasolini hubiese sobrevivido; todo esto le confiere a Petrolio el encanto de algunas grandes obras contemporáneas que hacen que la fuerza de eversión de la poesía resida en la elaboración de una poética y en la fuerza del gesto en su ser inconcluso”[1].

Guglielmi no admiraba al Pasolini escritor pero, frente a aquel inquietante y caótico texto, intuye el encanto y la grandeza de lo inacabado que sitúa esta novela póstuma dentro de aquella modernidad “que hasta entonces le había quedado extraña: modernidad como infracción del límite, dolor de la razón, derrota del yo”[2]. Es verdad, la muerte inesperada y violenta ha interrumpido el iter del manuscrito, pero la dificultad de llevarlo adelante estaba bien presente en Pasolini quien le escribía a Aberto Moravia[3]: “He aquí el consejo que te pido: ¿lo que he escrito es suficiente para decir digna y poéticamente lo que quería decir? ¿O por el contrario sería absolutamente necesario re-escribir todo con otro registro?”[4]. Y en ese interrogante, sería absolutamente necesario, está todo el trabajo, la incertidumbre, la duda, el rechazo hacia una re-escritura que conduzca la narración dentro de los modelos canónicos que la misma materia tratada rechaza. Pasolini debía tener absoluta conciencia de ello a juzgar por una nota del 1 de noviembre de 1964,  en que revela que desde hace más de veinte años, el autor quería hacer un libro: “... escrito por capas [...], de manera que se presente como un diario [...]; finalmente como una estratificación cronológica, un proceso formal viviente [...] una mezcla de páginas acabadas y de páginas en boceto o sólo intencionales””, un libro que tuviera “la forma magmática y la forma progresiva de la realidad”[5]

Lo dicho hasta aquí referido a Pasolini puede repetirse de otra gran novela póstuma procedente del Perú; se trata de El zorro de arriba y el zorro de abajo, de José María Arguedas, uno de los textos más difíciles de descifrar, más desesperado y más cautivador que haya leído nunca. Arguedas, antropólogo, etnolingüista, docente universitario, ha dedicado su vida a la empresa de coinciliar el mundo andino con el mondo de origen europeo, mundos que en su país se han dado siempre la espalda, y esta conciliación debìa empezar justamente por la deconstrucción de la lengua del dominador blanco impuesta al dominado indígena. Escritor conocido, en los años setenta Arguedas empieza a adentrarse en una narración que, según sus intenciones, debería llevar al escenario todas las contradicciones de clase, de etnia, de lengua que explotan en un puerto pesquero del Pacífico donde confluye una mano de obra que ha acudido a la llamada del progreso desde las cuatro esquinas del Perú. Diarios personales, Fervores, discursos oficiales del autor, cartas de despedida, disposiciones para su mismo entierro, aparecen esparcidos en el texto originando un caos que denuncia, según el crítico Antonio Melis “la incapacidad de llevar a cabo la empresa”[6], incapacidad que el mismo autor intuye y que comunica a su editor de Buenos Aires, Losada: “La novela ha quedado, pues, repito, no creo del todo trunca sino reducida, un cuerpo medio ciego y deforme pero que quizás sea capaz de caminar”[7]. Arguedas, al contrario de Pasolini, no se propone siquiera re-escribir el texto; él sabe que no tiene tiempo: ha decidido suicidarse y de su suicidio prepara cada detalle, cada despedida, cada explicación, incluyendo las fases del texto que le es imposible concluir; en cualquier caso se publicará y encontrará lectores que sabrán entenderlo en profundidad.

Hay una tercera novela póstuma de la cual me interesa hablar y es Oppiano Licario de José Lezama Lima, una novela muy anunciada, primero con el título de Inferno, en adelantos publicados en “Orígenes” y en otras revistas. La muerte de Lezama interrumpe su trabajo de escritura y la novela queda no sólo inconclusa sino también fragmentada, es decir no acabada, siendo tan esperada por el público y la crítica que apenas un año después de su muerte, en 1977, ya está en las librerías pregonada como una continuación de Paradiso, inacabada, dispersa, con sus episodios bruscamente interrumpidos, sin final. Sin embargo, Lezama no parece haber sufrido como Pasolini y Arguedas; la muerte lo agarra en pleno trabajo de la novela sobre la cual ha dejado un Esbozo que pudo guiar a los editores en el azaroso trabajo de publicar una novela inconclusa. Esto no excluye que Oppiano Licario, en sí, sea una novela inacabable, que desafía lo imposible y por ello estimulante.

Los tres textos de que hablo se han gestado cuando corría entre los escritores y los críticos la sombra de la muerte de la novela como género literario canónico y persistía la conciencia de que había que revolucionar la forma de narrar y las reglas del juego narrativo. Los escritores latinoamericanos llegaron a tiempo para revitalizar el género y enseñar otra forma de imaginar el mundo y de contarlo, sin embargo la incertidumbre entre las sensibilidades más agudas debió de provocar unas cuantas angustias y creo que este ha sido el caso de Pasolini, de Arguedas y de Lezama, tres grandísimos a los cuales me atrevo a añadir  a Alba de Céspedes y su novela póstuma Con gran amor, editado casi al mismo tiempo en Italia y en Cuba en el año 2011[8]; una novela cuya gestación había empezado a mediados de los sesenta y tomò ritmo en los setenta, aunque a la muerte de su autora en 1997 todavía no estaba acabada, cuestión que trataremos de explicar.

Estas cuatro novelas muy anunciadas y esperadas por los lectores no podían quedarse en los archivos: había que emprender la imposible tarea de dar conclusión a lo inconcluso. Poco sé de los criterios que han guiado a los encargados de publicar El zorro de arriba y el zorro de abajo, Oppiano Licario y Con gran amor y no puedo juzgar las decisiones tomadas pero estoy completamente de acuerdo con el filólogo Aurelio Roncaglia  que ha supervisado la publicación de Petrolio planteando una cuestiòn bàsica al enfrentarse a semejante responsabilidad: “¿Es lícito publicar un texto no acabado, a cuya difusión el autor no dio su permiso?” a la cual contesta: “En línea de principio, ¿quién y en virtud de qué deontología filológico-literaria podría arrogarse el derecho de condenar a censura perpetua una obra, ciertamente bien lejos de ser acabada, y no apta para todos los paladares, pero de cuya existencia y consistencia, de cuyas intenciones y ambiciones, desde tiempo ya corre noticia?” Estos interrogantes llevan a la conclusión  de que no sólo hay que publicar sino que al mismo tiempo hay que definir cómo publicar, pareciéndole a Roncaglia que hay que dar a conocer todo lo que el autor ha dejado, publicándolo como lo ha dejado, respetando el orden cronológico en que fue escrito ya que cualquier exclusión sería arbitraria, desconociendo la voluntad del autor. Roncaglia concluye con sencillez y con gran sentido de la realidad: “Vivo el autor, cada decisión es provisional; a su desaparición, cada elección provisoria se hace definitiva”[9]

Roma, Cuba, París

Hija del “gran amor” entre una bella italiana y un diplomático cubano, una pareja que había tenido que superar muchos obstáculos debido a sus precedentes matrimonios, Alba de Céspedes crece y estudia en Roma y de Cuba sabe sólo lo que el padre insiste en contarle y que en su imaginación infantil se transforma en leyenda, en fábula, en mitología. La naturaleza, las palmas flexibles, el indio Hatuey, la amenaza del ciclón, pero también la historia drámatica y heroica de cómo aquella isla había conquistado su independencia de España, unen el padre y la hija en la intimidad del cuento. Por otra parte, Carlos Manuel de Céspedes tenía título para hablar de su isla: hijo del legendario terrateniente que ya en 1868, había lanzado el grito de independencia restituyendo la libertad a sus esclavos y quemando su plantación, nacido en Nueva York donde su madre Anita se había refugiado después de la muerte del marido acosado por los españoles, había sido ministro e incluso Presidente de la República por breve tiempo. En su casa de Roma no faltaban los retratos del abuelo Carlos Manuel de Céspedes, ni una rica biblioteca de tomos relacionados con la epopeya de la independencia. Pero a la joven Alba le interesaba poco todo esto: la vida en Roma era dulce, las compañeritas de juegos, encantadas con sus cuentos exóticos, acaso la envidiaban y ella crecía bella e inquieta. Se casó –parece mentira- con quince años, se fue a vivir a París con su marido diplomático y en París vio la luz su único hijo, acompañada por la presencia de sus padres que allí se habían mudado a la espera de regresar para siempre a Cuba. Separada muy pronto de su paciente y amable marido, de vuelta a Roma, Alba recorre su camino de emancipación en cuanto mujer independiente, llena de iniciativas y apasionada por la tarea de escribir. Sus primeros cuentos se publican rápidamente, escribe en el diario romano Il Messaggero, en breve se afirma como una periodista que vive de su trabajo. Cuba queda lejos, pero desde aquella lejanía, su padre debe de haber seguido recordándole sus orígenes a juzgar por las palabras con que ella le contesta un 8 de septiembre de 1938: “No tengo yo la culpa si no soy cubana. Si ni siquiera conozco el país en que te gusta vivir”[10], una expresión desafortunada, ya que al padre le quedaban pocos meses de vida, al punto que Alba escribe en su diario del 2 de enero de 1939 que debe hacer un esfuerzo muy grande para decidirse a meterse en camino en el largo viaje hacia La Habana para visitar a su padre enfermo: “Me siento atraída y espantada por el viaje a Cuba”.

El padre tendrá tiempo de ver la primera novela, acabada de publicar, de su hija, Nadie vuelve atrás, y  también de felicitarla augurándole un porvenir de verdadera escritora. Y tendrá tiempo también para seguir en su narración de la historia de Cuba y del papel jugado por tantos miembros de su familia en el poco espacio que le deja la enfermedad. El entierro del ex-presidente es el funeral de un Grande, sin embargo Alba no se siente parte de aquel parentesco, de aquel mundo. De vuelta a Roma en aquel infausto 1939, entra en el torbellino de su trabajo de periodista, se verá arrastrada por las vicisitudes de la guerra pasando a formar parte de la Resistencia, se enfrentará con las dificultades de contraer un nuevo matrimonio ya que en Italia no existía el divorcio, se lanzará en la empresa de fundar y dirigir la revista “Mercurio” y, finalmente se dedicará a la escritura de una de sus novelas mejores, Dalla parte di lei. Pese a todo, Cuba vuelve a imponerse: la madre poco a poco va deslizándose en una forma de locura amorosa que la convierte en inhábil para dirigir su vida. Alba está viviendo en Washington donde su segundo marido cumple misión diplomática; la relativa cercanía entre las dos capitales, la necesidad de acudir a socorrer a su madre y de hacerse cargo de las cuestiones de la casa y de los negocios (entre otras cosas, una plantación de azúcar en el lejano Oriente) es urgente e ineludible. Las estancias obligadas en la confortable casa del Vedado, al cuidado de dos fieles sirvientes al servicio de la familia desde siempre, su curiosidad profesional de periodista logran lo que las palabras del padre  aparentemente no habían conseguido, es decir  hacer que Alba abriera los ojos sobre la realidad de un mundo fascinante pero duro y desagradable, tal como se presentaba Cuba a finales de los años cuarenta; un país donde el antes (el mundo épico y legendario que le contaba su padre) contrasta con el después del que Alba tenía una experiencia directa (el mundo de la corrupción, de la prepotencia y del abuso).

En sus noches de locura, la madre, encerrada en el cuarto matrimonial, grita su miedo, su indignación contra Batista asesino hasta cuando, en 1956, la muerte le dará la paz. Alba se desprende con dolor de la casa y de los sirvientes y regresa a Europa donde quedará –entre Roma, Moscú y París- hasta enero de 1968, quando vuelve a Cuba para el Congreso Cultural de La Habana en una delegación de la que son parte Giovanni Berlinguer, Rossana Rossanda, Giulio Einaudi, Francesco Rosi, Luigi Nono, Giangiacomo Feltrinelli y otros. A estas alturas, Alba es una escritora de éxito, una periodista muy polémica, escribe también para el teatro y hace guiones para el cine, es titular de columnas fijas en importantes revistas y parece poco interesada por el cambio de época que, entre tanto, se había dado en su isla con la revolución guiada por Fidel Castro; en cambio está sumamente cautivada por los eventos del mayo francés de donde trae la inspiración para una compleja obra poética, Chanson des filles de mai, que marca la irrupción en su obra del francés como segunda lengua literaria y un periodo de nuevas esperanzas para un retorno a aquella política de ideales que la había movilizado en los años del fascismo y de la Resistencia. A los pocos días del triunfo de la Revolución, había escrito en su columna en la revista Epoca: “He vuelto a Italia por algunos días. El año nuevo comienza bien: Fidel Castro ha obligado a Batista a abandonar el gobierno de Cuba y a huir al extranjero. Desde que supe esta noticia, no hago otra cosa que pensar en mi padre”[11], una nota interesante, pero poca cosa frente a la magnitud del evento cubano.

Vuelve a Cuba a finales de septiembre del mismo año acompañada por su gran amiga, la escritora Paola Masino, porque le toca, en cuanto nieta del Padre de la Patria, inaugurar las celebraciones del Centenario de la insurrección cubana. Hablará, antes que Fidel, desde la tribuna de la Demajagua, dando prueba de que ya ha hecho propios y se ha adueñado de los recuerdos de su gran familia de patriotas. En esta ocasión, recorriendo el itinerario complejo y épico que ha llevado desde el incendio del cañaveral y la liberación de los esclavos de que su abuelo fue protagonista, a la realidad que tiene delante suyo después de nueve años de Revolución, Alba asume, sin más dudas, sus raíces cubanas y escribirá: “Amo todo de ella: la franja turquesa de su mar, el verde tupido de los montes, de los bosques, las grutas donde los indios trazaron misteriosos signos premonitorios y las cavernas recorridas por el vuelo de los murciélagos; las breves lluvias torrenciales y el luminoso arcoiris; la opalescencia de sus auroras y el torrente de fuego de sus crepúsculos. Amo los grandes privilegios naturales de los que goza y los peligros a los que siempre ha estado expuesta, pues la han obligado a medirse consigo misma; y cada día la amo más por el heroismo con que se ha tejido su breve historia”[12].

Ha vuelto a Cuba más de una vez, hasta su último, largo viaje del 25 de agosto al 15 de diciembre de 1977. En noviembre del año anterior había firmado el contrato con Mondadori de Con grande amore (desgraciadamente cuando ya su insustituible amigo y editor Arnoldo Mondadori había muerto por un infarto en Venecia) y se había comprometido con la editorial francesa Seuil a entregar un libro titulado Conversation avec Fidel. Fue su último viaje a Cuba, pero fue un viaje muy intenso, visitando toda la isla, entrevistando a personalidades, a intelectuales, a testigos de las insurrecciones y de la guerrilla. Así es como Alba empieza a penetrar en lo que será el laberinto del cual, depués de veinte años y hasta su muerte, no logrará salir.

 

Con gran amor

La idea de escribir la “novela cubana” nace en ella a finales de los años cuarenta y crece, se modifica, cambia durante sus numerosos viajes, como cambian también los títulos: Paco, romanzo cubano, Dialoghi attraverso la porta chiusa, La notte / Diario del ciclone, hasta el definitivo Con gran amor. En 1977, está listo un primer esbozo que entrega, para que lo traduzca al español, a la corresponsal de ANSA en La Habana, Giannina Bertarelli, ya que a Fidel Castro le hubiera gustado publicarlo en ocasión de los veinte años de la Revolución. En el inmenso y laberíntico archivo de la escritora dedicado a Cuba, tan inmenso como para aterrorizar a cualquier encargado de poner orden, el primer esbozo de la novela empieza en un cuaderno que lleva la fecha de 1976 y en una carta para Mondadori del 26 de mayo de 1977, la escritora se atreve a escribir: “Mi trabajo va muy bien: estoy ya acercándome al final”, pero inmediatamente después añade: “Este es un libro que hubiera podido seguir escribiendo diez años más”[13]. Alba estaba haciendo una previsión muy optimista, si se tiene en cuenta que en la realidad han pasado veinte años y no han sido suficientes para acabar su novela: ella muere en París en noviembre de 1997 y pocos años antes todavía escribía en su diario: “Ahora estoy trabajando para ‘montar’ el libro porque me parece que tengo todo el material para hacerlo. Como siempre, uno entre sí las partes que tengo ya escritas y luego reviso todo meticulosamente, añado lo que me parece que falta o que yo misma he olvidado. Tengo que hacerlo lo más pronto posible”[14]. En su diario del 15 de septiembre de 1991 escribe: “Tengo muchas preocupaciones: el dinero ante todo, y el deseo además de la necesidad absoluta de terminar este libro sobre Cuba lo más pronto: quizás las cosas van a cambiar, quizá quiten a Fidel y nadie va a publicar mi libro. Para colmo, tengo pues este dolor enorme, no por mi libro, sino por Fidel, por mi adorada patria; por Fidel, Raúl que han liberado Cuba de los Estados Unidos”[15]. La preocupación de que habla la autora deriva de los eventos que desde 1989 a 1991, después de la caída del Muro de Berlín y del campo socialista, habían llevado incluso a la desaparición de la Unión Soviética, razón por la cual Cuba se había encontrado frente a aquel vacío que se conoce como Período Especial y que la prensa de todo el mundo comentaba con titulares de libros y periódicos catastróficos con respeto a la revolución y a su líder, titulares como La hora final de Castro, Ahora le toca a él et similia.

Son sus últimos años de vida, ya no tiene las fuerzas de la juventud; tiene absoluta necesidad de que alguien le copie las numerosas re-escrituras, que la ayude a ‘montar’ los desligados pedazos que constituyen el texto, y en este mismo momento se desequilibra el mundo, llega la incertidumbre sobre el futuro de Cuba, precisamente ahora, cuando ella ha adquirido definitivamente su identidad cubana y trata de descifrar sus razones: “Ahora, cuando llego a Cuba no siento ya aquel malestar que solo el amor de mis familiares y la solicitud de los amigos me permitían superar: por el contrario, estoy feliz y orgullosa. Allí, surgido de aquellos mares ricos de historia y de leyendas, ese caimán verde que visto desde el aire parece un saltamontes es mi sitio favorito, mi tierra. Desconocida, lejana, ella, sin embargo, me recibió cuando nací, pues mi sangre paterna es cubana, como mi nombre y yo, viviendo, la he elegido <por sus glorias y por sus dolores>: por todo lo que les ha costado a sus hijos la sacrosanta posibilidad de existir”[16].

La periodista Adele Cambria, en una entrevista que le hace en 1987, cuenta que Alba estaba totalmente volcada en la tarea de trabajar su libro y de investigar sus raíces: “En aquel último encuentro en París, me di cuenta de que la escritora que yo había frecuentado en Roma en los primeros años sesenta, la mujer emancipada de quien leía libros y artículos, la nómada intrépida Alba, había buscado siempre, y aún más, como suele pasar, en los últimos años de su vida, sus propias raíces; y Cuba había llegado a ser, como dice el título, su gran amor ...”; en este encuentro en la casa de la Ile de Saint Louis, con las ventanas entornadas, en la penumbra en que a Alba le gustaba estar, la amiga y colega de los años de juventud escucha las historias de una gran familia, los recuerdos de la amistad con Celia Sánchez, la delicada anécdota de unos tomates recién cosechados llevados a la cama de Celia enferma de cáncer, la evocación de una foto de las cuatro hermanas Sánchez abrazadas a su padre Carlos Manuel. En esta rememoración de la entrevista, Adele Cambria no puede evitar lanzar la pregunta necesaria, la que nace espontánea en todos los que han podido saber acerca del largo trabajo que le ha costado a Alba tratar de meter en la página su gran amor. Y Cambria pregunta: “¿Cómo fue posible que una gran editorial, Mondadori, que había tenido entre sus autores más conocidos y rentables un nombre como Alba de Céspedes, no la haya sostenido en aquellos últimos diez años de su existencia, justo cuando estaba trabajando en la redacción de la novela de una vida, novela histórica y autobiografía familiar extraordinarias (tanto una como otra), como es fácil constatar leyendo los fragmentos preciosos y magnificamente ordenados en los Meridiani? En los diarios, en las cartas, la escritora pedía ayuda, buscaba a alguien que le dactilografiara las versiones del libro [...] ¿Por qué a nadie se le ocurrió acudir en su ayuda para lo que ella, en sus diarios, define como ‘el montaje’ de la novela? [...] ¿ Es posible que nadie haya percibido su grito de ayuda, por más orgulloso que fuera?”[17] Alba ha muerto sin poder terminar la obra que más le había importado, pero tras más de diez años, la novela está en nuestras manos y abre muchos interrogantes sobre los criterios de edición, en particular por los textos excluidos, algunos de los cuales, muy notables, ausentes en la edición italiana, están por suerte en la cubana.

 

El lector terrible

Al pensar, al elaborar, al redactar su novela cubana, Alba de Céspedes ha tenido siempre detrás de sus espaldas al que Octavio Paz ha llamado “un lector terrible” es decir aquel lector juez, poderoso y de mala intención que Alba identificaba en aquella opinión corriente, que se había ido formando lentamente gracias a una constante parcialidad de la información, basada ésta en un conocimiento nulo de la historia de aquel pequeño país que había irrumpido en el escenario internacional y del cual amigos y enemigos exigían la perfección y no perdonaban errores. Habla de ello con el editor ya en 1978, pero todavía con cierta non chalance: “Tendremos una cantidad de aparatosos artículos en contra, y será una grata publicidad”[18]. El principal obstáculo que impide ponerle el punto final y dar el imprimatur a su trabajado texto, creo que ha sido saber que la materia que estaba tratando constituiría una fuente de ataques fundados en prejuicios, todo ello junto a la certeza de no poder lograr que se comprendiera hacia dónde conduciría su trenzar una historia familiar de veras especial  junto con la historia de un país que vió cumplirse las utopías explotadas con la rebelión de su abuelo, Carlos Manuel de Céspedes, un siglo después, en un contexto mundial completamente diferente, pero a la vez en una continuidad que para Alba es evidente aun cuando entiende que dificilmente va a ser así para un lector europeo desinformado o mal informado o viciado en el prejuicio.

El 18 de mayo de 1985 –ya siete años después de haber hecho creer que al libro le faltaba sólo ser copiado a máquina- le escribe a Mario Formenton, de la casa  Mondadori: “Hay esto sobre todo: he entendido que en Europa, en Francia como en Italia y seguramente también en otros lugares –menos España- nadie sabe nada de Cuba. Han llegado a decirme que Cuba fue descubierta por los norteamericanos y que ahora los Rusos se la han arrebatado”[19].

El material acumulado en veinte años de gestación –una tercera parte de todo el material de su rico archivo, con 44 cuadernos de trabajo de naturaleza teórica y pragmática- se convierte en un lastre sofocante, un laberinto en el cual la escritora ha acabado perdiéndose, y encima tiene aquella constante espina en el corazón representada por su certeza de no ser comprendida: “...pienso que aún más un libro sobre Cuba tendrá un boicot; un libro que es una novela en verdad, pero –desde mi abuelo en adelante, o mejor ya desde el tiempo de los indios de los cuales naturalmente hablo de forma interesante- Cuba es toda una novela de revoluciones y, desde la liberación de los Españoles, de revoluciones contra los norteamericanos, es decir desde 1895. ¿Qué no harán, entonces, con mi libro?”[20]

El camino recorrido por Alba de Céspedes, joven mujer romana emancipada, atada a su tierra de origen solamente gracias a lo que le contaba su padre, atraviesa los años de la dictadura de Fulgencio Batista, cuando le ha tocado permanecer frecuentemente en la isla para cuidar a su madre enloquecida. Aquellas estadías le han revelado las contradicciones entre la historia de su familia, del patriotismo que la caracteriza y el de los numerosos otros protagonistas de las guerras de independencia, y la servidumbre a los Estados Unidos en que ha caído el país de la independencia en adelante. Le han permitido conocer el alma noble y melancólica de los veteranos sobrevivientes y de sus familias, contra la vulgaridad, los intereses, la prepotencia de los parvenus, le ha mostrado el racismo y el apartheid, al punto que ya el 29 de octubre de 1949, cuando empieza a hablar de su intención de escribir sobre Cuba, en una carta a Arnaldo Mondadori dice: “La novela de Paco podría incluso hacerme botar de Cuba: sin embargo ciertas cosas de los blancos y de los negros, de los ricos y de los pobres hace falta que se digan”[21]. Años después, a la isla llega un ciclón político: la revolución liderada por Fidel Castro que restituye a Cuba su soberanía. Durante su último viaje, en las noches de insomnio, asomada al balcón del piso 18 del Hotel Habana Libre, con toda la ciudad y el mar a sus pies, le escribe una carta al líder de la Revolución que explica muchas cosas: “... es necesario que te escriba para explicarte la razón por la que este libro no va a ser exactamente lo que tenía que ser [...] y también el motivo por el cual, aun sin serlo, lo va a ser más que antes. Un escritor es alguien que escribe mucho sobre todo cuando no escribe, y que después de haber hablado mucho escucha el eco de las palabras que le han dicho, interpreta un gesto, una mirada, y en lo que no le han dicho, en lo que no le han confesado, en lo que no aparece evidente, descubre lo que es más importante y que está más allá de las palabras. [...] he decidido no escribir el libro que posiblemente tenía en la mente, sino otro, porque no te puedo preguntar nada sobre este país y este pueblo que yo no sepa ya, que un poeta no ha comprendido o intuido”. Traigo esta cita de un texto que me ha entregado Emanuela Favoino que ha tenido acceso al archivo y ha traducido esta Carta a Fidel de 1977. Debido a estas profundas razones, la autora renuncia a la posibilidad de un best-seller –una larga entrevista a Castro- para medirse con las dificultades de su propuesta y apuntar hacia lo alto, hacia la novela capaz de “mezclar Abuelo y Fidel como si fuera la misma guerra”, hacia una novela en que épica y heroismo puedan ser llamados por su nombre “sin miedo a aburrir a quien me lee”, donde encuentre su sitio “el deseo de que estas páginas sean leídas en una época en que, en las naciones más ricas el heroismo suscita ironía, burla casi. ‘Pero mejor escribe de amor!’ me aconsejan en Italia con una sonrisita, cuando digo que estoy escribiendo sobre Cuba. ‘Efectivamente escribo de amor, es más, de un gran amor’ respondo. Pero ellos no comprenden o fingen que no comprenden”[22]. En su carta a Fidel, añade: “Además, Fidel, yo tenía como propósito enseñar a los de afuera cómo era el mundo aquí. Para que comprendieran. Para que entendieran. Para que cesaran de decir tantas mentiras, tantas falsedades o tantas tonterías sobre Cuba y sobre la revolución. Pero he comprendido que es inútil. Que es posible convencer a la gente de buena fe, no a la gente que cree que lo que uno dice es mentira porque quiere seguir creyendo y protegerse en aquellas mentiras. Estos son muertos. Y los muertos no escuchan, no pueden comprender lo que no comprendieron en vida”.

En 1994 escribe un Prólogo para la reedición de Dalla parte di lei que fue publicado como artículo en el Corriere della Sera del 20 de octubre; aquel texto es un testamento político soprendentemente lúcido y actual donde Italia y Cuba constituyen un contrapunteo: “He visto a Cuba conquistar su independencia política en 1959 al precio de la más feroz sanción económica impuesta por haber osado pretender tanto. He visto a Italia perder su independencia en 1945 en nombre de una libertad sobre cuyo sentido hoy yo me interrogo y en el momento en que una crisis de asentamiento de la economia mundial  pone en tela de juicio la unidad nacional además de la prosperidad y del trabajo de los italianos”[23]

Son sus pocos, últimos años de vida; el trabajo para “montar” los materiales, el peso y la certidumbre de la incomprensión le quitan las últimas fuerzas para concluir la novela que más le interesaba, pero las páginas escritas, el material heterogéneo, deslabazado, no acabado, encierran belleza y lúcida pasión, y parecería que han conseguido “la forma magmática y la forma progresiva de la realidad” que perseguía Pier Paolo Pasolini.

 


[1] - Pier Paolo Pasolini, Petrolio, Einaudi, Torino, 1999.

[2] - ivi.

[3]-  El novelista Alberto Moravia fue gran amigo de PPP. Moravia

[4] - Petrolio, cit., p. 545.

[5] - ivi, p. 578.

[6] - Cito de la edición italiana por el prólogo del prof. Melis, José María Arguedas, La volpe di sopra e la volpe di sotto, Einaudi, Torino, 1990, p. V.

[7] - ivi.

[8] - Alba de Céspedes, Con grande amore in A. d C., Romanzi, I meridiani, Mondadori, Milano 2011; edizione cubana: Con gran amor, Ediciones Unión, La Habana, 2011.

[9] - Aurelio Roncaglia in Petrolio, cit., p. 570.

[10] - Alba de Céspedes, Romanzi, cit., p. LXXIII.

[11] -Citado por Marina Zancan, La isla mágica, en A. de Céspedes, Con gran amor, La Habana, 2011, nota 5, p. 17.

[12] - Con gran amor, cit., p. 168.

[13] - ivi, p. 1698.

[14] - A. de Céspedes, Romanzi, cit., p.CXLX.

[15] - ivi, p. 1708.

[16] - A. de Céspedes, Con gran amor, cit., p.168.

[17] - Adele Cambria, Alba de Céspedes. Quel sogno di Cuba e l’ultimo rimpianto del libro che non c’è, en “La Repubblica”, 3 giugno 2011, p. 9.

[18] - A. de Céspedes, Romanzi, cit., p. 1700.

[19] - ivi, p. 1701.

[20] - Ivi, p. 1700.

[21] - Ivi, p. LX.

[22] - A. de Céspedes, Con gran amor, cit., p.178.

[23] - Ivi p. 834.

Categoría
Eventos
RSS Minrex