A 60 años del triunfo

Llegamos, seguimos y vamos por más. Esa es la convicción y el fundamento de lo que está haciendo Cuba, mi Cuba, nuestra Cuba, que llega a los 60 años de la Revolución triunfante, con la lozanía de los primeros días, pero mucho más fortalecida en su determinación de avanzar.
Cabe entonces lo dicho por Martí: «Los años pasan madurando, no envejeciendo».
Detenernos sería traicionarnos y eso nunca será. Vale recordar a Julio Antonio Mella: Si avanzo, sígueme. Si me detengo, empújame. Si retrocedo, mátame.
Fidel –el Gran Fidel– lo advirtió, incluso antes de la victoria de 1959. Siempre dijo que vendrían tiempos más difíciles. No olvidaba el Comandante que se estaba liberando a una nación con más de un millón de sus hijos sin saber leer y escribir; con cantidad superior de personas por debajo de los niveles de pobreza y en pobreza extrema; donde los servicios de salud pública privilegiaban a los que más dinero tenían y por ello los pobres o carecían de ella o tenían limitado acceso a centros hospitalarios y a medicamentos.
Sabía el Comandante que el triunfo de una Revolución no iba a ser aplaudido ni reconocido por quienes a 90 millas siempre han apostado por dominarnos.
En su alegato La Historia me absolverá, durante el juicio del Moncada, abrazaba Fidel el ideario martiano y trazaba la hoja de ruta a cumplir cuando triunfara la Revolución.
Siempre confió en el triunfo y por eso fue el primero en cada batalla, y una vez alcanzado, guió la construcción de la gran obra, la que seguimos levantando, ahora con el empuje de nuevas generaciones de cubanos, comprometidos a dar continuidad y perfeccionar lo ya hecho.
Y la nación entera se supo y se sabe dueña de sí. La campaña de alfabetización, la ley de reforma agraria, la nacionalización de empresas norteamericanas, la formación de recursos humanos para enseñar a construir, a crecer, han sido parte de estas seis décadas de esfuerzos y resistencia.
El enemigo trató de impedirlo y para ello hizo de todo. El mismo primer día del triunfo facilitó la huida del país de miles de criminales, latifundistas, corruptos, a quienes les dio la bienvenida y luego, a muchos de ellos,  organizó y financió en una brigada mercenaria bien armada, para que desembarcara por Girón, estableciera una cabeza de playa y luego pidiera el reconocimiento que ya estaba preparado, por parte de Estados Unidos.
Así de fácil concibieron la cia y los estrategas estadounidenses la derrota de la Revolución Cubana. Pero del lado de acá, al frente de su gente, de sus milicianos, de sus combatientes, estaba ese gigante, el Comandante en Jefe, que no solo organizó y dirigió las tropas para derrotar la invasión, sino que antes, con la aprobación de su pueblo, declaró el carácter socialista de la Revolución, y en Girón se combatió por Cuba y por el socialismo cubano. Y se venció.
Solo 48 horas fueron suficientes para que aquellos «salvadores de Cuba» se rindieran ante nuestros combatientes y luego, cambiados por compota, devueltos a su guarida.
La obra creció y con ella su carácter solidario. Los mismos males vencidos aquí son todavía realidades en muchas naciones que han sabido de la solidaridad cubana de miles de médicos, maestros, constructores e ingenieros.
A Cuba, desde los primeros años de Revolución, Estados Unidos –vencido por los cubanos en las demás batallas– optó por el bloqueo económico, financiero y comercial, vigente aún, dañino, criminal y violador de los derechos humanos.
Pero tampoco a la hora de ejecutar las sanciones aprendieron los yanquis que en Cuba la victoria estaba asegurada por su dignidad, su resistencia, su patriotismo y la convicción de las generaciones continuadoras de la obra, de que ahora son 60 años, pero vamos por más, porque aquí estamos apostando a nuestra vida, a nuestro presente y a nuestro futuro.

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Comunidad cubana